• Vista aérea de la bruma al amanecer en las fronteras entre Brasil y Bolivia en el Territorio Machineri (2025).

  • Leomir Flores Mazumbeta, capitán de la Nación Machineri, en la ribera del río Acre, observando el territorio que sustenta a su comunidad en San Miguel de Machineri (2025).

  • Detalle del pie de un infante en la orilla del río Acre, que bordea la comunidad de San Miguel de Machineri (2025).

  • En las orillas de San Miguel de Machineri, un niño contempla el río mientras la noche comienza a envolver la comunidad (2025).

    Amazonía no es un paisaje

    Textos: Claudia Cuellar Suarez
    Fotos y videos: Eva María Coimbra, Wara Vargas, Adro Molina, Rudy Covarrubias, Milton Sosa
    Coordinación: CFCE-SCZ
    Dirección A/V: ozZo Ukumari
    Coordinación: CFCE-SCZ

    La Amazonía boliviana es plural. En sus ríos y montes persiste un sonido antiguo que no cesa, aunque el ruido de las dragas, los motores y las represas lo intente acallar. Son los relatos de los pueblos que todavía se reconocen en el cauce del agua, en la raíz del mapajo y en la palabra que nombra el mundo. Las naciones Tacana, Ese Ejja, Yaminahua y Machineri comparten un territorio complejo donde la vida se inventa cada día en medio de cambios, donde cada gesto —sembrar, curar, narrar, parir, tejer, navegar— es también un acto de resistencia.

    El territorio no es solo espacio: es cuerpo, alimento y lengua. En los relatos que siguen, la tierra habla a través de las voces que la trabajan, de los oficios cotidianos que la conocen. Cada pueblo reconoce su ritmo en los tiempos de la luna, en la germinación de las semillas, en la recolección de la castaña, en la leche del árbol que cura o en el masato que fermenta lento. Los chacos son escuelas de aprendizaje colectivo; las manos que pescan o tejen no repiten un oficio, sino que actualizan un vínculo con el monte. Y así, mientras las grandes ciudades se expanden sobre la sequedad, el ruido y la precariedad, estos pueblos renuevan sus memorias, las del conocimiento, la palabra y el cuerpo que guarda los saberes.

    Robin Machuqui, de la nación Ese Ejja en la comunidad de Genechiquia, sonríe con la certeza de que su jornada de pesca nocturna traerá alimento para su hogar (2025).

    Las mujeres sostienen esa continuidad. Parteras, sabedoras, artesanas y dirigentes, tejen con sus manos las redes donde se crea y organiza la vida. En las voces de Elena, de María, de Nacila o de Saraí, se escuchan esos relatos que se murmuran en las sombras, las que acompañan nacimientos, siembras y luchas. Ellas portan los saberes heredados de las abuelas y los actualizan frente a la crisis del clima, el despojo y la indiferencia estatal. Son ellas quienes curan con raíces, preparan los menjunjes del monte, traducen entre lenguas, venden sus tejidos para enfrentar las crisis y exigen que la palabra indígena no se extinga en el aire caliente de la frontera.

    En estas narraciones, el monte tiene dueños, ríos, madres; y las piedras, alma. La ayahuasca —planta maestra de la selva—abre la conversación entre el mundo visible y el invisible, y los cantos —en tacana, en ese ejja, en yaminahua o en machineri— son el puente entre ambos. La espiritualidad no es evasión, sino un modo de habitar: mirar el agua y entender su mensaje, agradecer a la lluvia, curar lento, resistir despacio. En esa relación íntima con lo sagrado se resguarda el sentido de comunidad: una ética del cuidado que sostiene ante el abandono.

    En el interior de su casa en San Miguel de Machineri, Sarai Castillo Azuco descansa en su hamaca mientras amamanta a su bebé (2025).

    Cada pueblo, con su idioma y su historia particular, comparte una misma herida: la de haber sido desplazado, silenciado o explotado por la fiebre extractiva. Pero también comparten la vitalidad de quienes no renuncian a su nombre y su identidad. En medio de los incendios, las enfermedades y la contaminación del mercurio, sus relatos nos devuelven una pregunta sobre el porvenir, ¿qué futuro puede construirse si los ríos se secan, si la lengua se calla, si la vida deja de moverse?

    En la comunidad Monte Sinaí, territorio Tacana, una niña descansa en su hamaca junto al pequeño jochi, testimonio de los lazos cotidianos entre la vida humana y la selva (2025).

    Escuchar el monte es escuchar a quienes aún lo habitan. Te invitamos a recorrer la Amazonía boliviana con las voces de sus protagonistas: las que murmuran bajo las hojas, las que se tejen en las sombras de la cocina, las que conversan en voz baja para cuidar la lengua y en voz alta para que los niños y niñas escuchen. Frente al olvido cotidiano, esta página es también un llamado a redescubrir, a cuidar, a escuchar. A cruzar sin miedo los ríos que todavía nos separan.

    PUEBLOS